La vida que dejé atrás
Miquel Pocurull · BLOG
Una escena aparentemente pequeña
Cierto día, durante una sesión, una mujer me habló de algo que le había ocurrido mientras ordenaba unas cajas en casa.
Había encontrado unas fotografías antiguas en las que aparecía ella con una mochila, durante un viaje que hizo sola a los veinticinco años. En otra, tocando la guitarra en una acampada con amigos. En otra, sonriendo en una oficina donde trabajó antes de tener hijos.
Y me confesó que, mientras las miraba, se rompió a llorar.
No porque quisiera volver exactamente a aquella vida, ni porque se arrepintiera de las decisiones que había tomado. Lloraba porque apenas reconocía a la mujer que aparecía en esas imágenes.
—No sé cuándo desapareció —me dijo—. Pero siento que una parte de mí se quedó allí.
Y creo, desde mi experiencia, que muchas personas conocen esa sensación.
Las renuncias que nadie ve
Cuando hablamos de cuidado solemos pensar en gestos visibles: las horas dedicadas a los hijos, la atención a una pareja, el acompañamiento de unos padres mayores, la disponibilidad constante en el trabajo…
Pero existen otras renuncias mucho más silenciosas que no suelen aparecer en las conversaciones:
Los proyectos que quedaron aplazados. Las amistades que se fueron debilitando. Las aficiones que dejaron de tener espacio…
En definitiva, las partes de uno mismo que fueron cediendo terreno para atender necesidades ajenas.
No suelen desaparecer de golpe. Lo hacen lentamente.
Casi sin que nos demos cuenta.
El coste emocional de estar siempre disponible
Desde la psicología humanista sabemos que las personas necesitamos algo más que cumplir funciones. Necesitamos sentirnos vivas.
Vivas y conectadas con nuestros deseos, nuestros valores y nuestra experiencia interna.
Carl Rogers defendía que el crecimiento psicológico requiere una relación auténtica con uno mismo. Sin embargo, cuando durante años ocupamos principalmente el lugar de quien sostiene, cuida o responde a las necesidades de otros, esa relación puede empezar a debilitarse.
No porque estemos haciendo algo incorrecto, sino porque el espacio interior se vuelve cada vez más pequeño.
Y llega un momento en que aparece una sensación difícil de explicar.
No es exactamente tristeza. No es depresión. No es falta de amor hacia quienes cuidamos.
Es más bien una nostalgia difusa. La sensación de echar de menos algo que ni siquiera sabemos nombrar.
La nostalgia como mensaje
A menudo interpretamos la nostalgia como un deseo de volver atrás, pero quizá su función sea otra.
Quizá la nostalgia no nos habla del pasado, sino de las necesidades que siguen vivas.
Cuando una persona echa de menos aquella etapa en la que escribía, pintaba, viajaba o simplemente tenía tiempo para sí misma, muchas veces no está deseando recuperar exactamente aquella vida.
Lo que añora es el contacto con aspectos de sí misma que quedaron relegados.
La creatividad.
La espontaneidad.
La libertad.
La curiosidad.
La capacidad de escucharse…
La nostalgia puede convertirse entonces en una brújula, no para regresar al pasado, sino para preguntarnos qué partes nuestras siguen esperando un lugar en el presente.
El peligro de acostumbrarse a desaparecer
Hay una forma de sufrimiento especialmente silenciosa: La de quien se acostumbra a no ocupar espacio.
¿Conoces la sensación de normalizar que tus necesidades siempre vayan después? ¿Y la de sentirte egoísta cada vez que piensas en ti?
Con el tiempo, esta dinámica puede generar agotamiento emocional, resentimiento, sensación de vacío o desconexión personal.
Y lo más difícil es que muchas veces ocurre mientras seguimos siendo funcionales.
Seguimos trabajando, cuidando, respondiendo…
Por fuera parece que todo funciona. Pero por dentro algo empieza a apagarse.
Volver a encontrarte no significa abandonar a nadie
Cuando surge esta nostalgia, algunas personas sienten culpa. Como si reconocer lo que han perdido implicara dejar de valorar lo que tienen.
Pero ambas cosas pueden coexistir:
Se puede amar profundamente a los hijos y echar de menos la libertad que existía antes de ser madre.
Se puede cuidar a una persona enferma y añorar la vida que quedó suspendida.
Se puede estar agradecido por lo construido y, al mismo tiempo, sentir tristeza por lo que se dejó atrás.
La experiencia humana rara vez es una sola cosa, y somos capaces de sostener emociones aparentemente contradictorias.
Y hacerlo —y aceptarlo— suele ser más sano que obligarnos a elegir una sola versión de la realidad.
No puedes volver atrás, pero tampoco lo necesitas
Tal vez la pregunta no sea: «¿Cómo recupero la vida que tenía antes?»
Quizá la pregunta sea: «¿Cómo puedo volver a dar espacio a partes de mí que siguen necesitando existir?»
A veces ese reencuentro empieza con algo pequeño.
Una conversación pendiente.
Una actividad olvidada.
Una hora para uno mismo.
Un límite que nunca nos habíamos permitido poner.
Un deseo que vuelve a ser escuchado.
No siempre podemos recuperar lo que dejamos atrás, pero sí podemos construir una relación nueva con aquellas partes de nosotros que aún esperan ser reconocidas.
Volver a casa
Quizá la nostalgia no sea un error, sino una forma de recordar que seguimos ahí.
Debajo de los roles, las responsabilidades y todo lo que hemos sostenido durante años, existe una parte de nosotros que sigue esperando ser mirada.
No para abandonar a nadie.
No para dejar de cuidar.
Sino para dejar de desaparecer.
Porque tú también formas parte de las personas que merecen cuidado. Y porque mereces volver a encontrarte.
Si sientes que has pasado demasiado tiempo sosteniendo a otros y te cuesta reconocer qué necesitas tú ahora, la terapia puede ser un espacio para volver a escucharte.
Solicita tu sesión gratuita: ¿Hablamos?
Reflexiones para detenerse y entender lo que te pasa...
…desde la óptica de la Psicología humanista. Sin ruido. Sin prisas. Solo contenido cuidado, una vez por semana.
Primera sesión gratuita.
Da el primer paso sin compromiso.
Regálate una primera conversación para explicarme qué te está pasando, y ver si puedo acompañarte.
Miquel Pocurull
Psicólogo sanitario y terapeuta humanista
Te acompaño desde la escucha, la presencia y el cuidado.
Terapia Focalizada en la Emoción · Focusing
Presencial (Madrid) y online
Primera sesión gratuita.
Da el primer paso sin compromiso.
Regálate una primera conversación para explicarme qué te está pasando, y ver si puedo acompañarte.